jueves, 21 de junio de 2007

LAS EMOCIONES (II)

Yo les llamo emociones pero el Dalai lama les llama estados mentales, cuando hablé de mi forma de iniciar un poema, mencioné cinco de ellos: la sensación, el reconocimiento, el establecimiento de la conexión, la atención y el contacto, estados mentales que uno puede unir. Luego escribí sobre los estados aflictivos, aquéllos que nos hacen sufrir y nacen de la ira.
Ahora escribiré acerca de tres estados mentales que nos proporcionan bienestar.
La confianza: cuando actuamos con seguridad en nuestra vida diaria y en el trabajo, sabiendo que podemos cometer errores, pero confiando en que nuestras acciones nos llevarán a buen fin, seguimos adelante. Así evitamos caer en la tristeza, el estrés o la depresión.
La vergüenza: el hecho de cometer un error y reconocerlo internamente, para no volver a cometer la misma acción o una perecida, confiando en corregir para no afectar a los demás.
La conciencia: consideración a los demás, tanto a los ricos como a los pobres; tanto a los vecinos como a los científicos... considerar que son humanos, igual que yo, imperfectos pero perfectibles.

En el caso contrario, mencionemos acciones que nos hacen padecer:
El apego: adicción, dependencia de objetos (mi auto o mi casa), personas (mi esposa o mi hija), actos (sexual o afectivo), que nos impiden pensar y actuar con libertad, nos encadenan a ellos porque creemos que sin ellos nuestra vida es insatisfactoria, impidiéndonos ver que nos hacen dependientes. Del apego dependen la malicia (Engañar o mentir a otro para sacar provecho); el amor propio inflado (Me hicierom tal cosa y debo desquitarme, soy un ser superior ); la agitación emocional (Nunca esperé esto de tí, me decepcionas); la ocultación de los vicios (Yo nunca consumo drogas); el embotamiento (Perder el sentido de la realidady ser una carga para los demás).

Debemos estar vigilantes para no perder la serenidad; yo la perdí hoy, pero rectifiqué a tiempo: resulta que hace veinte días que me niegan la medicina en el ISSSTE, de un doctor ¡del ISSSTE!, así que pedí hablar con el Director de la clínica y la secretaria me negó la entrevista, así que perdí el control y le pregunté si el doctor que extendió la receta estaba loco o qué, ella se retiró unos minutos, cuando regresó le pedí su nombre, el nombre del Director de la clínica y de su superior para exponerle mi queja por escrito... A los pocos minutos me hizo pasar con el Director y él me explico las cosas: los doctores, las enfermeras, las secretarias y las farmaceúticas están mal, por esa razón me tuvieron dando vueltas y vueltas... Mi paciencia se agotó porque valoré mi tiempo e hice lo que debí hacer desde el principio, dirigirme al responsable.

Creo que decidí, tardíamente, corregir lo que está mal y me perjudicaba; espero no volver a perder el control, me siento mal conmigo mismo, me avergüenzo.