Yo les llamo emociones pero el Dalai lama les llama estados mentales, cuando hablé de mi forma de iniciar un poema, mencioné cinco de ellos: la sensación, el reconocimiento, el establecimiento de la conexión, la atención y el contacto, estados mentales que uno puede unir. Luego escribí sobre los estados aflictivos, aquéllos que nos hacen sufrir y nacen de la ira.
Ahora escribiré acerca de tres estados mentales que nos proporcionan bienestar.
La confianza: cuando actuamos con seguridad en nuestra vida diaria y en el trabajo, sabiendo que podemos cometer errores, pero confiando en que nuestras acciones nos llevarán a buen fin, seguimos adelante. Así evitamos caer en la tristeza, el estrés o la depresión.
La vergüenza: el hecho de cometer un error y reconocerlo internamente, para no volver a cometer la misma acción o una perecida, confiando en corregir para no afectar a los demás.
La conciencia: consideración a los demás, tanto a los ricos como a los pobres; tanto a los vecinos como a los científicos... considerar que son humanos, igual que yo, imperfectos pero perfectibles.
En el caso contrario, mencionemos acciones que nos hacen padecer:
El apego: adicción, dependencia de objetos (mi auto o mi casa), personas (mi esposa o mi hija), actos (sexual o afectivo), que nos impiden pensar y actuar con libertad, nos encadenan a ellos porque creemos que sin ellos nuestra vida es insatisfactoria, impidiéndonos ver que nos hacen dependientes. Del apego dependen la malicia (Engañar o mentir a otro para sacar provecho); el amor propio inflado (Me hicierom tal cosa y debo desquitarme, soy un ser superior ); la agitación emocional (Nunca esperé esto de tí, me decepcionas); la ocultación de los vicios (Yo nunca consumo drogas); el embotamiento (Perder el sentido de la realidady ser una carga para los demás).
Debemos estar vigilantes para no perder la serenidad; yo la perdí hoy, pero rectifiqué a tiempo: resulta que hace veinte días que me niegan la medicina en el ISSSTE, de un doctor ¡del ISSSTE!, así que pedí hablar con el Director de la clínica y la secretaria me negó la entrevista, así que perdí el control y le pregunté si el doctor que extendió la receta estaba loco o qué, ella se retiró unos minutos, cuando regresó le pedí su nombre, el nombre del Director de la clínica y de su superior para exponerle mi queja por escrito... A los pocos minutos me hizo pasar con el Director y él me explico las cosas: los doctores, las enfermeras, las secretarias y las farmaceúticas están mal, por esa razón me tuvieron dando vueltas y vueltas... Mi paciencia se agotó porque valoré mi tiempo e hice lo que debí hacer desde el principio, dirigirme al responsable.
Creo que decidí, tardíamente, corregir lo que está mal y me perjudicaba; espero no volver a perder el control, me siento mal conmigo mismo, me avergüenzo.
jueves, 21 de junio de 2007
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