sábado, 9 de junio de 2007

¿CASADO CON LA LITERATURA?

Algunas veces mis vecinos, quienes saben que soy un profesor jubilado y me ven pegado a la computadora, me preguntan:
--¿Por qué no te casas?;búscate alguien que te haga la comida, te atienda, tú sabes; ¡tienes diez años viviendo solo!
--Estoy casado con la Literatura.-- Quisiera contestar, pero ignoran que escribo.
Hace diez años pensé que escribir y tener una pareja era lo ideal. Hoy pienso diferente debido a la experiencia: no ha faltado la mujer que se anime a vivir bajo mi techo, pero entonces me dedico a ella (a sus hijos, si los tiene) pero dejo de leer y de escribir... Poco a poco la situación se hace insoportable para mí: termino por invitarla a regresar a su anterior hogar; lo anterior puede parecer terrible pero no lo es, porque ellas comprenden que obstaculizan mi vida y, por lo general, continúamos como amigos.
El pasado 28 de abril escribí que, en el tren ligero, conocí a una joven de belleza impresionante, pues bien, el domingo pasado (2 de junio) en la mañana, la encontré en una calle del pueblo, atrás de un bote de tamales, pensé en comprarle una torta de tamal para iniciar la plática, ella me reconoció y dejó el puesto para venir a saludarme:
--¿Ya termina de vender?-- Pregunté.
--Ya casi, bueno el puesto es de mi mamá.
--La vez anterior le regalé un poema, ¿quiere que le regale el libro completo?
--Si, gracias, cómo no.-- Dijo y lo recibió.
Comprobé que, aunque no estaba tan presentable como la vez anterior, su belleza se mantenía incólume: los labios ondulantes, los grandes ojos negros, la cabellera oscura, una figura esbelta, sustentada en pìes perfectos que parecían moldear los huaraches; pregunté:
--¿Dónde trabaja?
--Ahorita no estoy trabajando, el Delegado de Xochimilco me había prometido un empleo pero no cumplió su palabra.-- Tuve la sensación de estar frente a un ángel, tal era el grado de inocencia. --Tengo 38 años, ya soy abuela, entré a estudiar ya grande, pero nadie me acepta, me aceptan en labores manuales y eso no quiero.
--Le propongo que concertemos una cita con el Delegado, es mi amigo.
--De acuerdo, yo le llamo por teléfono.
Siete días después no lo ha hecho.

Los viernes acostumbro ir a la ciudad para ver personalmente a los editores, excompañeros de trabajo, amigos; ayer fue, sin duda, un día especial en cuanto a mujeres se refiere. Me explico: en la mañana llegué al plantel 13 del Colegio de Bachilleres, me di cuenta de que no podía saludar a mis excompañeros porque toda la escuela, alumnos y maestros, convivía en el patio, era una especie de muestra gastronómica xochimilca por una parte, de danza prehispánica por la otra; llegué en el momento menos apropiado para platicar, así que saludé y me despedí; antes de de salir, vi que entró a la Subdirección del plantel una mujer desconocida para mí, como de 40 años; decidí entregarle mi currículum para cualquier actividad cultural; toqué la puerta antes de entrar, ella la abrió: una mujer más alta que yo, de piel blanca y cabello castaño, vestida con traje sastre, pasadita de peso:
--¿Es usted maestro?-- Dijo.
--Fui maestro de aquí, en realidad pasé para ponerme a su órdenes.
En ese momento empezó a llorar.
-¿Qué le pasa?
--Es que... Planeamos una actividad muy bonita, pero empezaron a vender ¡pulque! A los alumnos tuve que quitarles el vaso y derramarlo...
Le vino otro ataque de llanto. Le dije:
--Seguramente usted no vive aquí, el pulque no podría faltar en una muestra gastronómica; las costumbres de aquí son respetadas por sus habitantes.
--Ahora entiendo mejor, gracias.
--Olvídelo; le regalaré un libro para que su ánimo cambie...
Llegó otro ataque de llanto, más violento, entonces pensé que venía de otros problemas, familiares o personales. Instintívamente le dije:
--Déme un abrazo.
Como un cordero obedeció, abrazó fuertemente a un desconocido y se calmó; le extendí mi currículum. Adiós.

Abordé el transporte colectivo que va a mi pueblo cuando anochecía. Noté algo extraordinario, era la misma hora del día anterior, 19:30 horas, y en la fila, atrás de mí, estaba la misma persona que el día anterior: una mujer menuda, de pelo lacio, bellos ojos y piel de adolescente ¿30 años? Abordamos, me senté y comencé a leer un libro escrito por el Dalai Lama; ella, se sentó junto a mí, pero permanecía distante... Cuando llegamos al centro del pueblo, preguntó;
--¿Baja aquí?
Yo no supe qué decir ya que en un pueblo todo mundo se conoce, así que estúpidamente pregunté:
--¿Usted sí?
--No.
--Ayer también nos encontramos, a esta hora.
--¿Sí?
--¿Le gusta la poesía?
--Sí.
--Entonces le regalo este poema; éste es mi currículum.- Ella lo leyó.
--¿Usted lo escribió?
--Si, pero aquí me bajo porque necesito un café y la cafetería aún está abierta; hasta luego.
--¡Me llamo Sonia!

Sonia, Ana Laura, Alma, Carmen... ¿Alguna de ellas o la Literatura?

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